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Club 31, comer como un señor (aunque seas una señora o señorita)

Una puede ir de moderna, incluso serlo, pero de vez en cuando, frente a la marea de neojapos fusionados, baos infusionados y cocina tecnoemocional; frente a la prolífica oferta de restaurantes design, terrazas chillauteras y locales para dejarse ver, lo que te apetece, de verdad, es que te traten como una reina. Y comer como tal. Sentarte en unas sillas cómodas, en un ambiente agradablemente burgués y disfrutar con una cocina reconfortante, la de toda la vida.

Eso sigue siendo Club 31 en su nueva ubicación, la calle Jovellanos (pegadito a las Cortes, frente al Teatro de la Zarzuela). Pero con una vuelta más, acercándose a las nuevas generaciones, con precios más comedidos (puedes comer  de carta por 50 euros), conservando platos clásicos que son ya icónicos, como sus callos, solomillo strogonoff o sus maravillosos suflés, y añadiendo alguna cosa más ligerita, como las tiras de atún rojo.

Cuando el originario Club 31 de la calle Alcalá cerró sus puertas, en ese desgraciado momento de crisis en el que no pudieron subsistir grandes comedores de lujo como Balzac o el propio Jockey (también creación, como Club 31, del legendario Clodoaldo Cortés), un trocito muy querido del Madrid gourmet desapareció. Así que ha sido una maravillosa noticia saber que, de la mano de una mujer valiente y con las ideas bien claras, Pilar Peña, su nueva propietaria, se continúa con el espíritu intacto de este selecto club. Y sobre todo, con su equipo y su cocina. Me encantó comprobar que Pilar había conservado, mimado, diría yo, a muchos de los trabajadores de Jockey y del antiguo Club para sumarlos al valor de su nuevo 31. Dice mucho de ella y de lo que quiere formar: una gran familia en torno a los fogones.

Además, para una periodista como yo, con ese alma de reportera “portera” (que seguirá vivo en mí hasta el final de mis días, amén) saber, como nos comentó discretamente Pilar, que en su reservado se cuecen decisiones políticas del más alto nivel, te pone bastante.

Pero vayamos a la comida y a la bebida, que de eso trata mi blog. La carta de vinos me gustó, porque junto a referencias de toda la vida, encontramos cosas modernitas, que denotan interés y la mano de un jefe de sala vivo, Javier Barrios. Escogimos un ribeiro de nuevo cuño, Ramón do Casar, un treixadura equilibrado, aromático y con estructura, que convivió muy bien con los primeros platos que tomamos. Comenzamos por un suflé de queso, delicadísimo. Hoy en día es muy raro encontrar suflés en las cartas de los restaurantes, porque conllevan una técnica pero sobre todo, porque hay que hacerlos al instante, a la de ¡ya! Y pocos se pueden permitir tener a una persona haciendo suflés al momento. Aquí los hacen dulces y salados, fríos y calientes, a cuál más bueno.

 

El suflé de queso de Club 31. Como los de antes.

Seguimos con unos raviolis de txangurro y marisco, para dar el salto al lado más moderno de este restaurante, con unas excepcionales tiras de atún rojo con salsa kimchee y wakame, con una textura perfecta y el picante bien equilibrado. Para los siguientes platos, que eran de carne, cambiamos al tinto y, conociendo que la catadora es una chica de perfiles actuales, nos ofrecieron un El Señorito de Ercavio, un tempranillo manchego con 9 meses de crianza que está para ponerle un piso. Con él disfrutamos de los famosos y dignos de peregrinaje callos del Club, de los mejores que he comido (y mira que soy de casquería fina y allá donde los veo, los pido). Con el plus de unas patatas suflé… que estaban de ¡ay!. Para culminar con otro mito, el solomillo Strogonoff.

La verdad es que a servidora le encanta lo revival y ver en la carta de este restaurante platos como éste, elaborados con la sabiduría de un cocinero de los de toda la vida, como es José Antonio Asensi (Amparo, Gaztelupe, Club 31) o postres como la paulova, a cargo del maestro repostero Francisco Clavijo(25 años nada menos que en el anterior Club) me alegraron el día.

Y es que lo de los postres tiene también miga. El jefe de sala nos hizo en vivo y en directo unos crepes con Grand Marnier, en ese espectáculo de fuego que tanto me gusta y que, de nuevo, es tan difícil de ver hoy en día. Para terminar con un suflé de moka encerrado en una jaula de caramelo. Una filigrana rococó encantadora.

Así que sí, salí encantada. Y es que me parece un lugar perfecto para esa cena especial con tu pareja, para recomendar a tu cuñado para cerrar business o para que ese amigo rarito al que no le gustan las moderneces te deje cenar en paz. Y si ya ves a Pedro Sánchez chocando la pala a Rajoy, ya tenemos la exclusiva.